martes, 10 de mayo de 2016

Gracias, cobarde

Hace unos meses que no sé nada de ti. Me he encontrado pensando en escribirte más que ésta carta que nunca llegará a tus manos; ahora resulta que hasta la tecnología se ha puesto en mi contra, sabes que perdí tu número de celular, mi cuenta de Facebook, y ahora, hasta mi cuenta de correo electrónico. ¿Qué más debe suceder para convencerme, de una vez por todas, de que no somos el uno para el otro? Que eres mi nube negra.

Desde el día que me despediste en la parada del colectivo, que pensaba que estaba loca por pensar que ese beso que me diste me había sabido a despedida.
No estaba loca.
Fue una despedida.
No te bastó con acostumbrar mi cuerpo al tuyo para bailar, mi nariz a tu perfume dulce, mi lengua a la tuya, no te bastó, esa noche tuviste que hacerme el amor como si fuese la única, como nadie, como nunca... ¿Cómo iba a imaginar que otros brazos y otras piernas ya te habían acogido?
Ese día, egoísta, ya habías decidido que debíamos despedirnos...
Hipócrita.
¿Qué hacías besándome con tanto fervor si querías a otra, si no querías intentarlo conmigo?
¿Lo bueno dura poco?
Pues, lo bueno te duró muy poco, desde el rincón más adolorido y sentido de mi corazón, te lo digo: con quién más te besarás en las esquinas, de madrugada, haciendo envidiar a los transeuntes, con quién verás llegar el amanecer de verano, solos, abrazados. Dime, quién te hará reír en la cocina, quién te pedirá que cocines y te convencerá bailandote salsa y bachata, para al final ayudarte, porque es injusto no quedarse juntitos en el reducido espacio de tu cocina, para luego terminar en la pieza bailando boleros.
Esa otra que ya conocía todo esto, que no te hizo vivirlo como yo, tu ex, con la que ahora estás, no te hará gemir así, no te hará reír y callar de emoción. Estoy segura que no le dejarás marca... Basta.

Te pido, no regreses, estos brazos no tienen valentía para no recibirte...
Este corazón sufrió mucho. Mis pies sufrirán al intentar buscar el ritmo con otros al bailar, y mi nariz... mi nariz no soporta otro olor que no sea el tuyo, pero sobrevivirá.

No me diste la cara nunca, cobarde...¿te dio miedo enfrentar la realidad?
Nos quieres a la dos. A mí porque te enseñé a vivir, a aceptar ser tú, a ella.. a ella porque es lo conocido.

Te repito, dolida, no vuelvas porque todo esto que vivimos no será igual, todo éste recuerdo se dañará; tú no serás el mismo después de haber cometido este error tantas veces. No regreses porque quiero que me añores, que me sufras, que me extrañes; quiero que pases por la avenida y veas esa esquina donde tantas veces nos besamos y te haga falta, y te escueza, y desees estar ahí... y yo no estaré.

Hay más esquinas, más cocinas, espacios reducidos, más olores, más, algo más allá de ti.

Amaba tu dorada nuca, amaba morder, oler y quedarme dormida ahí...¡Hay mil millones más de esas!

No vuelvas porque tu recuerdo no estára intacto, te repito. Quiero que este primer contacto con el amor, y con esas chispas que surgían al besarnos, las cosquillas en la panza al vernos llegar y el sosiego al estar juntos, queden intactos.
Esto será algo para contar a mis nietos, que no serán los tuyos. Definitivamente.
Quiero que recuerdes todo, y cuando ésto con ella termine, no vuelvas a cometer el mismo error con otro amor.

lunes, 26 de octubre de 2015

Estoy lista

Ya recogí todo.
Ven a buscarme, por favor.
Suplicante.
Desde que estoy acá, muy pocas cosas nos unen
es más, diría que nada nos une
solo ésta morbosa necesidad de saber del otro.

Desde que me mudé acá, me ha entrado un gusto por escuchar a Ely Guerra
ella sabe decir mucho mejor que yo, todo aquello que hubiese querido decirte.
Ahora me conformo con escucharlo de su voz, porque jamás te lo diría.
Soy una cobarde.
Somos unos cobardes, jamás nos hubiésemos atrevido a ser felices
O al menos a intentarlo.


Estoy lista para dejarte ir,
mejor no me busques.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Between the lines

Enviado para publicación en Tantras Urbanos

Escuchando la canción Between the lines de Sara Bareilles, es imposible que no lo recuerde. Como ella misma lo dice en un verso, que me describe totalmente: I’m queen of attention to details… Tengo ciertos problemas para resumir, porque todo me parece importante, y quizás, esto me sucedió por eso.

Como él mismo me dijo: nuestra historia, aunque muy corta, estuvo llena de extrañas e inusuales circunstancias. Nos conocimos por una de estas aplicaciones para móviles que sirven para conocer gente a ciertos kilometros a tu alrededor. Una vez que empezamos a hablar, ya no podíamos detenernos; aun cuando yo lo intentaba, era imposible, seguía sintiendo la necesidad de hablar y saber de él. Era magnético. Sentía que lo conocía desde siempre. Él representaba mi ideal. El hombre que reunía un importante número de características que me gustan. Mi ideal proyectado. Un metro ochenta y dos, ojos oscuros y profundos, barba cuidada, sonrisa y cuerpo del Olimpo; inteligente, con un humor negro brillante y buena conversación ¿quién podría resistirse a eso?

 Día tras días crecía nuestra complicidad y así, nuestras conversaciones más íntimas, más personales. Teníamos tanto en común.
Una vez leí que, de la atracción física puedes librarte fácilmente; solo cerrando los ojos, dejando de estar cerca del otro… pero con la atracción mental, no pasa lo mismo; de una mente no te libras ni cerrando los ojos. 
No podía entender cómo teniendo tanta facilidad para hablar, tanto tema y tanta confianza: el encuentro entre los dos no se daba. Eso me frustraba más. Nunca nos reunimos, nunca uno aceptó ver al otro según sus condiciones: no acepté verlo cuando me llamaba borracho; él nunca aceptó verme a plena luz del día bajo sus cinco sentidos. Sus “no puedo” podían más que cualquier cosa.

Un día de tantos, conversábamos sobre lo que nos gustaba del sexo opuesto, basta decir que hubiese sido más breve decirme que era yo el compendio de lo que le gustaba. No cabía en mí el entusiasmo. Estaba extasiada. Pero el efecto duró poco, ¿olvidé mencionar que él olvidó mencionar que tiene novia? Pues es así. La tiene.

Él no solo no deseaba verme, sino que él no estaba disponible para mí. Más de una vez me descubrí riendo como tonta con cualquier cosa que me enviara: una foto, una nota de voz, un chiste, o simplemente uno de sus buenos días… Había caído. De alguna forma u otra, lo virtual se me estaba metiendo muy dentro, y no sabía cuánto hasta que empecé a considerar el hecho de que, su relación con ella, no me importaba mucho. A mí, que juraba y perjuraba, que jamás me involucraría con un hombre ocupado, y resulta que ahora me encontraba residiendo en el lugar del que tanto huí, de aquello que tanto me fue inculcado. Era una dualidad, una ambivalencia en mí.
Quizás todo pude habérmelo inventado o quizás malinterpreté nuestra confianza, pero ahí bien dicen que solo los niños y los borrachos dicen la verdad… y él había estado más de un par de veces en esa situación. Ebrio, me llamaba porque necesitaba verme. Era claro que estaba tomado. No deseaba que nuestro primer encuentro fuese en tales condiciones, y a escondidas. 

La misma dualidad salía a flote porque la niña buena, la criada por mamá, no aceptaría jamás una salida después de la medianoche, mucho menos a escondidas y con un hombre ocupado, pero la mujer… la dueña de su deseo y capricho, deseaba un montón estar de copiloto en su carro, aun cuando fuesen las tres de la mañana. 

Yo quería más, pero no estaba dispuesta a ver y a aceptar que él no estaba dispuesto a dar lo que yo le pedía de forma implícita.

Consejera, amiga, detractora, compañera, y hasta de fan fungí para él. Aun cuando yo no obtenía lo que pensaba que quería (su compañía) yo seguía dándome y dándome a él… No soportaba más la situación, tenía que hacer algo para poder deshacer el mito y sacármelo del pecho de una vez por todas. Le plantee vernos. Se negó. De forma burlona me rechazó; me sentí tan desmoralizada, tan dolida, y decidí que lo mejor era dejar de hablar con él, alejarme un poco, y me encerré a lamerme las heridas. Después de esto, en una nueva oportunidad, me llamó a las 3 de la mañana, nuevamente borracho. Explicando que necesitaba verme, me preguntó que qué pedía de él; me dijo que pasaría por mí, que hablaríamos y resolveríamos las cosas, que yo no estaría molesta nunca más. En ese momento, movida más por mi dignidad que por mi sentimiento por él, y muy molesta: me negué. Más por orgullo que por sensatez. 
Lo deseaba. 
Lo deseaba demasiado, pero esta era una prueba de poder, una lucha que yo necesitaba ganar, necesitaba sentir que la pelota estaba en mi cancha. 
Quería hacerle creer que todo estaba controlado y que él no me tenía en su mano. 

¡Qué equivocada!, no solo me tenía en su mano, yo ya lo tenía en mi corazón.  

No hablamos más por un tiempo. Todo ese tiempo, casi unos tres meses, pensaba tanto en él. Había resuelto que quizás era mi ego quien lo quería tanto, porque mi corazón no sería capaz de querer a alguien que me rechazara de forma tan constante; estaba negada a creerlo. Lloraba, de verdad lloraba. Estaba tan desconcertada. Él y yo no habíamos tenido una historia común de amor: no había flores, azúcar ni colores. No habían besos, ni piel. Solo simples provocaciones... En mi mente solo rondaba la idea del karma.

Eventualmente volvió.

Escribió de nuevo, como si nada, como si aquel episodio de su borrachera hubiese sido un invento cruel de mi mente. Yo lo agradecí. No estaba dispuesta ni preparada para enfrentar lo que había pasado ni para echarle nada en cara. No estaba dispuesta a escuchar de su boca lo que ya yo sabía. Él no sabe qué quiere. Y es un fenómeno común, pero quién está dispuesto a escuchar por la persona deseada que no eres tú lo que desea. 

Yo no estaba dispuesta.

Todo siguió su curso. Él y yo seguíamos hablando. Yo más alerta, a golpe y cuida. Menos apegada. Empecé a dejarle hablando solo, a dejar de responderle en ocasiones. Eso lo extrañó. Me lo echó en cara, y yo tenía listo el arsenal para atacar; y después de tanto callar, exploté.
 Le dije que me gustaba, como él ya lo sabía. 
Me confesé. 
Me parecía injusto como él manejaba la situación a su antojo aun sabiendo mis sentimientos por él, le apremié para que me explicara que era todo lo que le pasaba conmigo, qué sentía y qué no. Le expliqué que lo nuestro me parecía ilógico, pues nunca nos habíamos visto, que cómo podía sentirlo tan cerca si él estaba detrás de una pantalla. Esta situación en la que estábamos involucrados a la que ninguno se atrevía a ponerle nombre.

Y pasó lo peor: Me lo dijo. 

Él no sabía qué deseaba de mí, ni qué quería hacer conmigo.
 Al principio deseaba solo tener algo físico, pero luego se convirtió en algo más, otra cosa a la que él tampoco pudo ponerle nombre. Devastada, volví a alejarme. Necesitaba poner espacio, tener el control de mí misma. Era demasiado desconocido para mí el hecho de que algo tan intangible fuese tan real en mi vida, y con tanto significado.
Hasta que nos encontramos en la calle…
Un día cualquiera, cenando con unas amigas que, por supuesto, sabían toda la historia. Y no sé si fue algo divino, pero lo sentí. Fue algo que me dijo que mirara en dirección a él, y ahí estaba. Debo leerme tan novelesca y fantasiosa, pero así fue. Mi teléfono celular me lo confirmó: él estaba escribiéndome que me había visto, que si yo lo había visto… y así fue. Le contesté un tímido “Sí” la temeraria, con el arsenal, ya no estaba. En su lugar, había solo una mujer con ganas de ser querida y reconocida. 
Me pasó por un lado como un alma que lleva el diablo, nervioso, y algo me poseyó: me levanté de mi silla y lo llamé por su nombre. Y ahí estaba él, con su metro ochenta y dos caminando hacia mí, y saludándome con un beso en la mejilla. Ante la mirada atónita de mis amigas. Así como llegó, así se fue. Trotando hacia su carro, lo vi nervioso y hasta un poco avergonzado. Era una persona diferente, no el casanova al que estaba acostumbrada, era un ratoncito asustado. Al llegar a mi casa, esa noche, tenía varios mensajes de él. Me decía que no podía creer las casualidades de la vida, que aún tenía mi imagen en su mente, y aun recordaba el sonido agudo y suave de mi voz. Ese fue el tema de conversación de esa noche. Ese día descubrí que, igual que dentro de mí, dentro de él hay dos personas pujando por salir. 
La lucha del más fuerte.

La vida siguió. 

Cada quien metido en sus cosas, era poca la atención que podíamos darle al otro. Pensé diez mil veces en enviarle, en llamarle, hasta que él lo hizo primero. Eso dio pie a la conversación espontánea de nuevo. Yo estaba consolidando mis planes de mudanza a otro país y él su grado de ingeniero. Era otra oportunidad para vernos. Pero otra oportunidad que él desperdicio nuevamente, pero esta vez, explicándome el porqué: deseaba conocerme en persona, deseaba verme, pero era más el miedo de que lo nuestro se convirtiera en físico. El miedo pudo más que todo lo demás. Su miedo. Aunque yo me había despojado de los míos para poder disfrutar de él antes de irme del país. Nuestras disposiciones no estaban en sintonía.

Me repitió un par de veces todo el cariño que sentía por mí, y de manera condescendiente me dijo que no sabía que lo detenía de dar el paso. Yo le agradecí.

El dia de mi despedida, un par de días antes de dejar mi país, fue la última vez que lo lloré. Me di la oportunidad de llorarlo, pero para sacarlo de mi vida, de una vez y por todas. Para empezar de nuevo. Ahora comprendo que aprendí varias cosas de él y a través de él. Esa cobardia de él, estaba en mí también, de alguna u otra forma estaba proyectándolo, y empezar a sacarlo de mí fue uno de los primeros pasos para decidir hacer varias cosas en mi vida, entre esas, dejar mi país.

No volví a saber de él.


Y aquí estoy, en un país y en una cultura diferente a la mía, pero dispuesta a empezar de cero y emprender. A alimentar la mejor versión de mí. Tranquila, plena, y sintiendo. Con los ojos y el corazón abiertos al mundo.

viernes, 23 de mayo de 2014

Rara

Me encanta ser rara.
Cierta vez estuve intercambiando unas pocas palabras con un especimen común del macho marabino; hablabamos sobre lo que buscabamos del otro en cierta página de internet donde te registras para conocer a personas de otros países, yo le comentaba que, principalmente, buscanba hablar con una persona en un contexto diferente.  Me tomó casi media hora explicarle qué quería decir yo con eso, aún escribiendo esto, mi mente está corriendo rápido intentando comprender por qué fue así, por qué no me entendió. Luego, caí en cuenta que la cuestión no es por qué no me entendió, sino por qué intenté yo explicarle algo tan sencillo.
Él, por supuesto, buscaba "joder" diciendo textualmente como él me lo dijo a mí; su respuesta a mi opinión fue que, soy una complicada, que es normal que esté estudiando "locología" y desee sentirme insultada y vejada, pero no fue así. Sentí que estaba hablando con alguien fuera de mi sintonía.
Nuestra conversación siguió en el ritmo en el que él me decía rara, que hablaba raro, que no  me entendía y yo me sentí de otro planeta. Y otra vez caí en cuenta de lo concreto que era y de lo común de eso últimamente.
Ser rara en esta ciudad, al menos, es no decir lo que el otro desea escuchar sino lo que verdaderamente piensa, y no asentir a todo lo que te dice el otro.
Lo siento querido macho marabino, no deseo caer en tu flirteo básico, si ser rara es no caer rendida a tus pies y darte una conversación sustanciosa, pues amo ser rara.

miércoles, 23 de abril de 2014

Mi bogotano

Juré que no volvería a hacer esto otra vez pero, mi inconsciente me ha jugado una mala pasada y heme aquí, siendo deseada por un extraño lejano.
Desde que Alejo desapareció de mi vida, he estado en una vorágine de sensaciones y en un constante desencadenamiento psicótico. Comencé a pensar más en mí, menos en los demás y mi inconsciente no está acostumbrado a eso.
He sido feliz. Sí. Pero ahora, ahora no sé qué hacer.
Todo comenzó con esa dichosa correspondencia de citas a ciegas, con un tipo del que jamás en mi vida me hubiese fijado. Muy alto, delgado, de ojos cálidos y voz juguetona... mi bogotano es 1.90 m de energía pura y magnetismo sexual.
No sabía que me encendiera tanto el dirty talk hasta el día en él que comenzó a decirme todo lo que me haría de tenerme a escasos centímetros. No sabía que existía tal sensibilidad en mí. Siempre creí que era una mujer con gusto y preferencia por caballeros que me hablaran como lo haría un Keats, Byron, Benedetti. No era sí. Quizás, es delicioso escuchar eso de un hombre, pero no hay más delicia que saber lo que una inspira a un hombre. Forma cruda y carnal. Existe cierta ordinariez en eso, pero quizás es el contraste lo que a una enciende.
Él en cierta forma me recuerda al Marqués de Sade con su filosofía de tocador. No he caído en sus manos, pero el hombre me está invitando a vivir con él. Se quiere arriesgar a tenerme todos los días en su cama. Y está por arriesgarse a venir al país para verme. Esto me está volviendo loca.
Es importante que mi bogotano me lleva unos años y esa experiencia de esos años creo que es lo que me tiene atraída, como la mosca a la luz, las abejas a la miel.
Su libertad me tiene conmovida, su arrebato me tiene con los colores hasta el último cabello de mi cabeza; es tan decidido y directo, que no es nada como yo. Eso me encanta.
No sé qué hacer.

domingo, 5 de enero de 2014

Realize

Hoy ha ocurrido algo espléndido. Fue un revelación para mí. El renacer. Me he dado cuenta de que ya no estoy completamente dispuesta a que pasen sobre mí y sobre mis deseos.
La cuestión es que aún no sé cómo manejar mi nueva posición existencial.
Ultimamente, he pensado en el amor. He pensado en las distintas formas en las que se presenta, cómo se me ha presentado y en mi punto de vista sobre él.
Me he encontrado preguntándome si deseo un amor que abandone, y qué tan raro es eso. Lo más raro es haberme dado cuenta en este punto de mi vida, tan neófita como soy, apenas en la segunda década de ella.
¿por qué un amor que me abandone?
Es algo tan retorcido pensar que siempre me hallo buscando la felicidad, deseando el abandono. Pienso que no tiene sentido.
Es cierto que el amor no me ha golpeado de frente aun, aún cuando lo desee con todas mis fuerzas, y creo que ahí está mi error, me empeño en hacer pasar por amor todo aquello que desea algo de mi. Porque todos deseamos algo, es una afirmación.
A cada comienzo de año, coloco en el blog una entrada, y siempre lo dejo abandonado. Me ha entrado un miedo por revisar las anteriores, no deseo toparme con un Juan, con un Alejo, con un extraño en la cama.
Esta vez, deseo reencontrarme a mí misma, quiero que hagamos las pases, y esta se ha convertido en la resolución del 2014.
¡voy a quererme como se debe!
Como quererte a ti, amor, si no me quiero a mí.
Quiero quererte porque tu me harás quererme más y mejor, no porque quieras cambiarme o yo quiera cambiarme por ti.

martes, 1 de octubre de 2013

Cuelgas

¿Por qué cuelgas así de mi mente?
Cuelgas. A veces te veo, a veces no, pero te agarras un poco más de mí
O te agarro, cuando piensas
O pienso, que te vas a caer, te soltarás.
Te olvidaré.
¿Cuándo te olvidaré?
¿Será esa una pregunta?
¿Existe una respuesta lógica? o ¿será que, lo lógico, no sirve?
Sirve tanto esto, como sirve la geometría a las nubes, si de mencionar a Blas Coll, es.

Cuelgas, cuelgas de  mi mente,
y no te sueltas, te balanceas
te balanceas en mis recuerdos a placer.
Aun así, a veces no te encuentro